Jazmín Esquivel. ¿Cuánto puede el sonido de una voz?

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Jazmín Esquivel. ¿Cuánto puede el sonido de una voz? 

Hubo un tiempo en que los domingos me volvían aprensiva. Planificaba meticulosamente lo que iba a hacer durante todo el día para no dejar lugar a la inevitable ansiedad e inquietud que finalmente me tomaban por completo. La música siempre formaba parte de esa estrategia.

El año que escuché a Jazmín Esquivel por primera vez, me sentía particularmente triste, particularmente perdida. En el lapso de algunos meses, me había separado, me había ido de casa y me había quedado sin trabajo; en ese orden. Así que me encontré sin nada de lo que hasta entonces me sostenía. 

Abro paréntesis. Para referirse a la súbita muerte de su marido, en su libro “El año del pensamiento mágico”, Joan Didion empieza diciendo: La vida cambia rápido, la vida cambia en un instante.

Y claro, por supuesto sé que es una obviedad, pero no estamos conscientes de eso en todo momento. No habría manera sana de vivir, creo. Pero desde que lo leí, estoy siempre un poco más atenta a mi alrededor. Cierro paréntesis.

Como dije, la música de Jazmín apareció en esa época en la que me quedé sin nada -los optimistas dirán que era una buena oportunidad para empezar de cero- y de a poco, mientras me volvía a armar, el disco Púrpura trajo serenidad a mis días.

A paso lento pero firme, la reconstrucción de mi nueva vida en otra ciudad era acompañada por una voz certera y profunda.

La serenidad que me daba este disco era el resultado de varios factores y buenas decisiones: una voz repleta de matices, un registro limpio, claro, amplio y letras que no lo decían todo de un tirón, sino que formaban imágenes daban pie al pensamiento y a la pregunta.

Esa sensación de bienestar también era resultado de algo clave en el álbum, elementos sonoros que venían del bluegrass y el folk: banjo, violines y contrabajo.

Todo en Púrpura parecía una gran evocación, una peli. Mi peli favorita.

Tres años después de este primer gran disco, mi vida ya se había encaminado un poco más y Jazmín editó Medianoche Radio Club, su segundo álbum.

Si las primeras canciones te transportaban a las colinas, a la naturaleza y a lo folclórico, ahora había que prepararse para la noche, la sensualidad y los sintes. Un poco de Peces Raros, otro poco de The XX.

Animarse a otro sonido, hacerle caso al deseo, a la catarsis, a la intuición o simplemente explorar; llámenle como prefieran, pero con Medianoche Radio Club crecimos todas.

Escribiendo esta crónica me di cuenta que los domingos ya no son un embudo emocional, tampoco sabría bien qué son ahora exactamente, pero sí que hubo transformación. 

La última vez que escuché en vivo a Jazmín, fue hace unos meses. Ella estaba con su guitarra, rodeada de luces tenues y personas sentadas en sillones y en el piso. No tenía micrófono, no lo necesitaba tampoco.

Mientras cruzaba las piernas una y otra vez -para que la guitarra le quedara cómoda- y dirigía su mirada al público, entrecerrando los ojos de vez en cuando, su voz finalmente sonó.

Después de todos estos años, esas canciones fueron una síntesis, una conclusión y un puente a lo que vendría.

Esa noche me pregunté cómo sería la vida sin música.

Imaginé a los discos como si fueran ríos o cascadas que desbordan movimiento, que destraban y se llevan cosas, que limpian y cristalizan.

Y si pienso en la música como reparación emocional (justicia poética), esa última vez que la vi tocar, era domingo.

Escuchen la crónica en este link.

Escuchen la entrevista en este link.

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