Los Álamos. Un salto a la ensoñación
Amigas y amigos, escribo esta última entrega de La Música Que Te Debo desde la fricción de la propia vida. Escribo para batallar con mi desánimo particular y acaso, general de estos tiempos.
Hace poco tuve una especie de laguna temporal. No supe qué había pasado con el 2025. ¿Qué hice? ¿Qué logré? ¿Qué me hizo feliz? Mis respuestas fueron difusas.
Identifiqué la emergencia de mi descontento y un motor ya gastado para hacer.
Culpé a la falta de suerte, a mi historia, al país; a mí misma por mis decisiones. Pero hay algo que persiste en medio de todo este desorden, que como un halo de luz, cruza todo malestar y desazón y me deja ver siempre algo más.
Es la música, su sonoridad, su cuerpo y lo que habilita.
Es la música, que cuando suena lo pinta todo de otro color. Te envuelve, te deja suspendido en una atmósfera que te protege, te eyecta a otros mundos posibles.
La música, que contiene memorias individuales y colectivas, que las conserva por los siglos de los siglos y cuando nos acercamos, se nos revela como diminutas partículas de ensoñación y la luz brilla entonces, otra vez.
Los Álamos aparecieron en mi vida hace muchos años. Fue el cover de Harvest Moon, de Neil Young, que sonó en la habitación del departamento de la calle 41, en La Plata. Y desde ese momento, nunca me gustó tanto otra versión.
La voz de Pedro se escucha como un eco frágil, algo quebrado, que se recompone al compás de la mandolina, y del vaivén propio de la melodía que parece un vals.
Escuché No se menciona la soga en casa del ahorcado, su primer disco, en 2010, cinco años después de su lanzamiento. Este álbum los posicionó como Banda Revelación por Rolling Stone Sudamérica.
Si en esa época lo que se abría paso entre las juventudes era el indie como género estrella, el rock and roll de barrio y la cumbia villera, Los Álamos iban, no a contramano sino, en otra dirección. Y eso me gustaba.
Trompeta, mandolina, banjo, armónica, acordeón y guitarra acústica. Instrumentos que retomaban la esencia del bluegrass, del folk, del dub y en algunos momentos, de la música klezmer, de Europa del Este.
Todo esto sucedía gracias a 6 tipos talentosos y amigos que además cuando tocaban en vivo, creaban una atmósfera de psicodelia y atemporalidad que se vivía como un oasis.
La voz de Pedro suena siempre lejana y radiofónica, es una voz que acompaña los largos minutos de cada canción.
Los Álamos suenan a película clásica anglosajona, a película de culto. Sus primeros dos discos tienen un aura de ruta y western. Acompañarían muy bien a los escritores de la Generación Beat, en especial al libro de Jack Kerouac, “En el camino” o alguna peli de Sergio Leone, versión años 2000, claro.
En cambio, el último disco, Luces blancas, creado a distancia y lanzado 7 años después de su segundo álbum (El fino arte de la venganza) transmuta apenas la naturaleza de la banda. Toma lo más rockero y psicodélico de los trabajos anteriores y lo profundiza con guitarras eléctricas y distorsión; aunque la voz de Pedro continúa fiel, sonando lo-fi.
En mi opinión, si hoy tocaran en Argentina, Winona Riders sería una buena banda para la apertura.
Los Álamos compartieron escenario con Fugazi, Calexico, Bestie Boys, Patti Smith y Hablan Por La Espalda, entre otras. Giraron por Latinoamérica y por Europa. Editaron 3 discos de estudio, uno en vivo y un EP. E hicieron un documental que participó del Bafici, que los muestra de gira en años dorados y de amistad.
No se separaron pero ya no tocan más. Algunos de sus integrantes viven fuera de Argentina y eso dificulta el encuentro, al menos para tocar en vivo; pero no perdemos las esperanzas.
Lo que tenemos de ellos no es solo su música, sino también su épica, que en tiempos de volatilidad ridícula, no es poca cosa.
Nos dejaron el fulgor de lo alternativo, de lo que se gestaba en los márgenes y se constituía para abrazar a otras multitudes.
Nos dejaron la particularidad de su sonido y la ferocidad con la que gestionaban el deseo de hacer música y compartirla.
Los Álamos, pienso siempre con alivio, son un lugar al que volver.
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Escuchen la crónica en este link.

Días previos a las fiestas, charlamos durante una hora y media por zoom con Pedro; él desde Francia y yo desde Argentina. Hicimos un repaso de la historia de Los Álamos, cuál era la escena en esa época, cómo sucedían las cosas, qué lo llevó a irse del país en un momento crucial de la banda y cómo resolvieron su futuro, sin desarmarlo.
An (A): Rosario Bléfari decía que el arte tiene que ver con los mundos posibles. ¿Cómo concebían ustedes al mundo cuando hacían música?
Peter (P): Era un refugio. Empezar a hacer música y expresarse eran las armas que teníamos. Los Álamos empezó en un momento más de adultez, entre los 20 y 22 años. Era una época rara, post 2001, estaba todo bastante complicado. Éramos jóvenes que salían de esa crisis, donde no se podían fabricar cds ni cassettes, aparte de todo el quilombo de que no había trabajo y que era todo un caos.
Nosotros veníamos de una escena más hardcore, punk rock; veníamos de un grupo de bandas amigas que siempre hacíamos todo nosotros: fanzines, escribir, sacar fotos. Siempre fue bastante comunitario y nunca lo tomamos como un medio para llegar a tener “éxito”. Esa era la diferencia que yo veía con las bandas de los `90.
A mí me encantaban bandas como Suárez o Menos que Cero, que eran bandas que nosotros íbamos a ver siendo “chicos hardcore”. Todas estas bandas que eran de la movida alternativa, Victoria Mil también, y que nos parecía gente de otro mundo.
Cuando llegamos a la época de Los Álamos, ya estábamos más grandes, medio cansados y creía que ya habíamos dicho todo lo que teníamos que decir con respecto a nuestro sentimientos en el hardcore. Queríamos evolucionar nuestro mensaje o nuestra forma de expresarnos. Y armar una banda así, con otras influencias, era como un refugio para todo ese caos exterior y también era la aventura de encontrar un nuevo lenguaje, una nueva manera de expresarse.
Lo que sí guardamos de la época de los ‘90 era la manera de trabajar, la manera de organizarnos nosotros, de hacer nuestros shows. No teníamos manager. Era una época en la que pensar en fabricar un cd era imposible si no tenías ayuda o si no eras una banda que convocaba por lo menos 150 personas para poder juntar plata, para comprarte un amplificador. Creo que toda la primera época de Los Álamos no teníamos backline, tocábamos con equipos prestados (risas).
A: Recién contabas que vos venías de la escena hardcore con Whisper ¿verdad?
P: Sí, tocaba el bajo. Había un cantante que se llamaba Diego, que es un amigo que falleció hace un par de años y también tocaba. Whisper fue la primera banda en la que yo empecé a componer con el bajo y a escribir. Antes toqué en otras bandas hardcore que duraron seis meses, tres ensayos, cantando, tocando el bajo o la guitarra.
Pero Whisper fue la primera banda con la que sacamos un vinilo, nos fuimos a tocar a Uruguay, tocábamos por el país, nos carteábamos con gente de Noruega, de Francia, de Alemania.
Dentro del hardcore éramos una banda muy rara, no existía esa estética, desde los flyers hasta el sonido de la banda, las letras, las tapas de los discos. Era como si no fuera del género (risas). Éramos más hippies, bastante más sensibles. Todo esto es antes de Fun People, más o menos en la misma época.
A: ¿Y cómo encontraban los espacios para tocar con otras bandas hardcore?
P: Porque también era gente que conocíamos, con la que teníamos otras bandas y que éramos amigos. Nos invitaban a tocar, organizábamos fechas. Por ejemplo, el primer vinilo que sacamos fue compartido con Eterna Inocencia, que eran pibes también que nos cruzábamos todo el tiempo, que nos encantaban y a ellos les gustaba lo que hacíamos.
Y surgió que el sello Sniffing en ese momento, que editaba a todas estas bandas (como a Restos Fósiles) nos propuso hacer un disco, un vinilo que se llamaba Un Split Amigo. Era la primera vez que un sello chiquito dentro del hardcore nos pagó el estudio. Fue en un estudio pequeño, hermoso, en Quilmes (creo que se llamaba Sótano), estaban los Eterna y nosotros.
A: Venís del hardcore, conoces a Poly (guitarra eléctrica) en Whisper y cuando deciden formar Los Álamos ¿cómo pasan de ese sonido al folk, bluegrass, americana, blues? No sé, otros mundos. ¿Qué camino hicieron para llegar al primer disco? No se menciona la soga en casa del ahorcado, que es un disco emblemático.
P: Creo que empezamos a escuchar otras cosas gracias a coleccionar discos. Yo siempre fui bastante curioso con la música. Escuché e hice hardcore durante toda mi adolescencia porque era algo que me hacía diferente a mi hermano.
Él escuchaba Los Intocables, Soda Stereo, Los Ratones y yo escuchaba sus cassettes, pero después empecé con música más pesada, mis amigos metaleros en la escuela escuchaban. Hermética. Todos estábamos en una búsqueda de escuchar otras cosas. Empezamos a abrir, a ver qué onda este sello. Empezamos a escuchar Pavement, John Spencer, grupos japoneses.
Un amigo tenía una compu con un programa para descargar discos y nos hacía un compilado. Ahí encontrabas a Cat Power, Nick Cave, no sé, grupos más garageros. Y después yo iba mucho al centro y había locales en las galerías que vendían revistas importadas en español, como Rockdelux o algunas que traían cds adentro.
Y también pasó que los grupos que nosotros escuchábamos en la época hardcore, también evolucionaron. Al final, cuando empezás a mirar, casi todos vienen del punk o de algo así, hasta los músicos que menos te imaginas, como José González, él tocaba el bajo en una banda hardcore en Suecia.
De repente también me cayó un cassette con Bob Dylan, con Leonard Cohen, con el primer disco de Leonard Cohen. Toda la escena de folk y flasheé. Y después me di cuenta que en los años 2000 hubo un revival de eso, Devendra Banhart, por ejemplo.
A: Recién cuando nombraste a Leonard Cohen, recordé el primer disco de Los Álamos. Tu voz me hace acordar un poco a él, que por momentos tiene eso que pareciera que estás recitando.
P: Eso es algo que me salió, como si la música me pidiera que haga eso. No podía cantar como cantaba en las bandas hardcore. El primer disco lo hicimos dos veces, uno con la primera formación y fue todo instrumental. No quería cantar, de hecho las letras las terminé de escribir en el taxi yendo al estudio (risas).
En los recitales yo cantaba cualquier cosa, no había letras escritas.
A: ¿Improvisabas en el momento?
P: Más o menos, sí. Y después me di cuenta de la seriedad de la situación cuando estaba yendo al estudio a grabar. Pensé “estamos haciendo un disco, hay que cantar, no puedo decir cualquier cosa, no puedo parafrasear cualquier cosa o hacer mímica”. Me acuerdo que las noches anteriores me empecé a estresar y ahí las letras me salieron.
La mayoría habla de mis experiencias, de mis emociones, de lo que le pasaba a mis amigos en esa época, que era bastante oscura. No era tiempo para hablar de cosas lindas. Era un momento bastante transitorio, turbio, todavía había unos demonios en el medio. Entre el final de una época y el comienzo de otra siempre están las cosas oscuras, que no sabes hacia dónde va a ir, si para mejor o para peor.
Yo me acuerdo de perder mi laburo, de tener que dejar mi departamento, andaba medio de vagabundo durmiendo en lo de amigos o de mi hermana, que ya tenía hijos, yendo de acá para allá.
A: Volviendo un poco al sonido, creo que hay algo de comunidad en la música folk, música gitana o en el sonido de los años ‘60. Los recitales de Los Álamos evocaban un poco ese espíritu, como si fuese una ceremonia. Sus canciones tienen momentos en los que vos no cantás y es como si se habilitara un espacio para que la gente se pueda meter en una introspección.
P: Sí, no era algo que estaba ideado, simplemente nos empezamos a dar cuenta de que pasaba eso a medida que tocábamos y que venía más gente y quizás decían “ayer vi una banda, estuvo buenísimo, fue como si hubiésemos participado del recital”.
Y era eso, participaban con nosotros. En esa época no te dabas cuenta porque no existía el feedback directo que tenés ahora cuando posteas una foto a la hora que tocaste; entonces no se veía mucho lo que pasaba. Había que venir y experimentarlo.

A nosotros lo que nos pasaba era medio como un trance literal, no sé, yo creo que se parece a eso. O sea, nunca tuve un trance colectivo (risas). Lo más cercano fue tocar frente a gente, ya sean 20, 50 o 1000 personas que estén como en la misma que vos. Que se liberen de los problemas y solamente se concentren en lo que está pasando ahí. Bueno, me pasó solamente con esto, con Los Álamos, con los recitales.
A: Lograr eso no es tan fácil, no se da en todos los lugares tampoco.
P: No y si lo querés hacer a propósito, no creo que salga, porque es como lo de la psicodelia. Si no te tomaste uno o dos ácidos en tu vida, no podés entender lo que es la psicodelia. No es un logo o algo que ponés debajo de tu banda para mostrar que tenés una estética o un tipo de sonido. A nosotros nos pasaba y decían es rock psicodélico, en cierto modo, porque consumíamos ácidos. A veces para tocar, a veces para componer. Pero nunca tuve la retórica de hacer propaganda del consumo, no me parece interesante, nunca me gustaron las bandas que te hablan solamente del reviente de la droga, como tampoco los que hablan de no sé, de mundos paralelos.
A mí me gusta la cosa de acá, más directa, que sea real. Algo que te pasa a vos, que le puede pasar a alguien, algo que sienten las personas de verdad. Obviamente me encanta Lou Reed y la Velvet, pero ni siquiera sé si ellos hicieron The Heroine para que la gente se drogue. Creo que hicieron esa canción porque es lo que les pasaba en ese momento, tenían esa sensibilidad.
A nosotros nos pusieron ese mote de rock psicodélico por lo que pasaba, por el sonido de la banda, pero también podría haber sido rock, no sé, borracho porque es algo que te puede pasar cuando estás muy ebrio (risas).
A: Te despojas un poco del prejuicio, de la vergüenza y te entregas a esa situación.
P: Claro, es el escape del mundo exterior que, de hecho, es lo que siempre me gustó de la comunidad musical, de ir a un recital, de comprarme un disco y seguir a un artista. Una actividad que te hace salir de tu cotidiano embolante de trabajar y de remarla y remarla con todo en contra. Yo siempre digo que la música te hace salir del frío de la vida mundana.
Creo que después del COVID, la gente empezó a salir más, a decir ya fue, se pudre todo, hay que vivir. Me alucina ver que en Argentina van artistas internacionales y llenan 10 estadios.
A: A veces me apena mucho que viene un aluvión de bandas (que están buenísimas) y las de acá tienen que estar haciendo fechas entre varias bandas, preventa 1, preventa 2, para vender 100 tickets. Y pienso, che, apoyemos también la escena local.
P: Es la historia de Argentina. Es parte de lo que a mí me cansaba mucho, me cansaba mucho la cabeza preguntarme ¿no tienen ganas de esto? ¿no quieren que esto se desarrolle? Me refiero a los que tenían la posibilidad de apoyar a una escena, los que tenían un sello, que tenían guita, los que programaban en festivales, los que escribían. Me preguntaba ¿cómo es que no te jugás más por lo que hay al lado tuyo? Si vos lo hacés, si apoyas un poquito, ya es un montón para un artista. Que te programen en un festival aunque toques a las dos de la tarde, o que pongan plata para que saques tu disco, aunque sea la mitad o que hablen bien de vos.
Al principio nos trataron bastante bien, no me voy a quejar, pero veía que eso pasaba con cualquier artista de afuera que sacaba un disco medianamente bueno. Pero una banda de Quilmes o de Avellaneda sacaba un disco, se rompía para sacarlo, lo hacían súper bien, laburaban todo el año y no pasaba nada. No digo que no se pueda criticar o exigir un poco más, pero apoyá para que se desarrolle.
En esa época, con Los Álamos, había un credo de que en diez años llegan a Obras. Y yo no sé si quería hacer un Obras, yo quería hacer música, tocar en mi banda y que mis discos cada vez me representen más y que la gente se sienta más representada con lo que hacíamos, que le gustara venir a vernos.

A: Así surgen también los caminos alternativos, ir por la tangente, juntarse con otras personas ¿no?
P: Éramos independientes. Al principio hablabas de Rosario, nosotros adorábamos a Suárez, íbamos a todos sus shows. Nos encantaba, eran como las bandas hardcore que escuchábamos: fabricaban y vendían sus discos. Ellos eran como la banda de acá que hacía eso, haciendo otra música y además sus shows eran todos distintos.
Cuando empezamos con Los Álamos, como veíamos que había gente que había tenido malas experiencias o sellos que no acompañaban o no ayudaban lo suficiente, dijimos: lo hacemos nosotros. Me acuerdo de irme en un colectivo a La Plata a buscar las tapas de los discos y después Jonah o Poly iban a buscar los cds y los armamos, como hacía Suárez. Hacíamos todo ese esfuerzo, funcionaba, iba gente a los shows, nos vinimos a tocar a Europa y organizamos una gira.
A: En el documental Lost Álamo (2012) que hicieron sobre una gira por Europa, se hace mucho hincapié en que en ese momento te ibas a ir a vivir a Francia, justo después de los dos primeros discos que fueron muy exitosos. ¿Cómo fue tomar esa decisión?
P: En Europa hicimos 40 fechas, volvimos y no sé qué pasaba, me daba la impresión de que teníamos que pasar una etapa, como que había gente (no el público, sino gente del ambiente) que esperaba que pasemos a otra etapa, no sé, quizás estar en un sello o el famoso lleguen a Obras.
En ese momento llenábamos Niceto, viajábamos a Córdoba, Chile, Brasil y costaba muchísimo. Y en la experiencia europea vimos que había bandas que llegaban a 50, 100 personas, fabricaban sus discos, hacían lo mismo que nosotros pero vivían de la música. Y yo decía, matemáticamente no me da ¿cómo es? ¿cómo es que no? Y nosotros cortábamos 800 tickets.
En esa época, una banda acá (en Europa) podía durar 15 años, porque tenían apoyo de la escena, del periodista, de otras bandas y me parecía que en Argentina no pasaba, esto a menos que estés en buenas relaciones con alguien del ambiente o que tengas buena onda con un programador.
Y me desencanté. Quizás fue un error mío, me confundí o no sé, pero no me arrepiento para nada. La decisión fue bastante difícil, pero al mismo tiempo me parecía que la venía luchando mucho en mi vida, más allá de Los Álamos, por todo lo que te contaba del 2001. Y también cuestiones personales, mi esposa es de acá y yo quería tener otra experiencia. Quizás para mis compañeros de banda fue egoísta, fue pensar en mí y no en el proyecto. Pero cuando les conté que me iba, les propuse que la banda no se rompiera, que siguiéramos.
A: De hecho se pudo. Vos te fuiste, pero después grabaron el tercer disco, Luces blancas (2014).
P: Desde el 2008 hasta el 2015 volví todos los años, me quedaba un mes, hacíamos giras, grabábamos, hacíamos notas. Y por otro lado, también le daba un espacio a los chicos para hacer sus cosas. Fue bastante positivo porque todos tuvieron sus proyectos paralelos o proyectos aparte de Los álamos que funcionaron.
A: En el documental hay una escena en la que vos estás hablando con Poly o Jonah sobre cómo van a hacer cuando te vayas y uno de ellos dice que añora el tiempo pasado y vos, muy naturalmente, decís “nada es como era antes”. Y me llamó la atención esta dimensión tuya del paso del tiempo, de la vida pasando. ¿Cómo te llevás vos con la nostalgia?
P: Siempre somos nostálgicos, no te podés escapar de la nostalgia, sino, no viviste. Pero soy una persona que vive el día a día, me interesa mucho más lo que va a pasar mañana. No me puedo quedar en el loop de todo tiempo pasado fue mejor. Ese tiempo estuvo increíble, hicimos cosas de las que estamos orgullosos y nos hizo muy felices.
Cuando estaba por salir el primer disco, yo les decía a los chicos que quería que dentro de 10 años hubiera alguien que me dijera nos escuchó y lo influenciamos. Y hoy hay gente que nos sigue escribiendo y para mí eso es un éxito.
A: Dijiste que para vos la música era un refugio y un escape. Y leí que hoy en día era también un puente entre el pasado y el presente. ¿Qué estás haciendo ahora?
P: Armé un estudio en mi casa y desde que estoy en Francia siempre toqué con otros grupos, estuve muy metido en la escena experimental noise, trabajé en festivales. Y cuando llegamos, con mi esposa organizamos recitales, ciclos y así conocimos gente.
Cuando armé el estudio, empecé primero a grabar cosas solo y a partir de ahí grabé a otras personas. Viste que cuando llegas a un lugar, conoces a los músicos locales, los artistas. Y también me puse a pinchar discos en fiestas, en bares, en recitales, al aire libre o en ferias. Así fui conociendo más músicos y a involucrarme más.

A: Cuando hablamos, me contaste que había una idea que al final no se concretó.
Por los 20 años del primer disco (se cumplieron en 2025) querían hacer una gira y tocar acá en Argentina, pero por cuestiones de logística (el bajista también vive afuera, en Berlín) no se dio. ¿Hay chances de que eso suceda este año?
P: Nosotros queríamos hacerlo y después hubo gente que se enteró y se copó en darnos una mano. Porque los números de teléfono que tengo son del 2008, creo que ya no existen más (risas).
En 2014, 2015, para la salida del último disco hicimos un Niceto, fuimos a Uruguay, Chile y lugares a los que íbamos siempre, La Plata, Córdoba. Y bueno, el año pasado estuvo a punto de darse pero no.
A: ¿Cuál sería la lista para ese recital?
P: Como no tocamos hace mucho y queremos reencontrarnos con nosotros mismos, yo empezaría por el primer tema del primer disco (Asiento trasero). Y bueno, haría una mezcla, algo cronológico igualmente.
A: Me interesa saber sobre tu universo simbólico, qué consumos culturales tenés.
P: A nivel musical es bastante amplio, porque además de todo lo que escuché cuando era adolescente y todo lo que se fue sumando, tuve mis épocas en las que escuchaba punk africano, músicas folclóricas. Y últimamente bastante obsesionado con la música de películas y comprándome discos donde no hay música, hay sonidos para películas o para obras de teatro.
No cuestan nada porque son más que nada tracks que se usaban para crear algo sonoro. Por ejemplo, tengo uno que tiene sonidos de naves espaciales y otro con sonido de gallinas, de patos, tengo otro que son solamente pájaros de Europa. Ese tipo de cosas que me sirven también para usarlo como texturas y mezclarlo.
Después escucho mucho jazz, soul, hip hop, también reggae. Mucho Jamaica, me gusta todo, me gustan un montón de cosas.
Hace poco tuve una regresión hardcore zarpada, me compré un montón de vinilos de la época en la que no nos podíamos comprar ni un micrófono. Mirá, esta banda por ejemplo (me muestra un vinilo), Negative Approach, tremenda.
TOP 3
- Una banda actual / Tramhaus. Es una banda holandesa de postpunk que me gusta mucho.
- Un instrumento que te gustaría tocar / El trombón o el clarinete bajo.
- Una década favorita / Los 90’. Me gusta porque la música que me forjó viene de ahí mismo. La música de los ‘70 la descubrí más adelante. En los ‘90, estábamos más en lo que nos pasaba ahí. Y también me gusta por el lugar de en el mundo que nos tocó vivir y cómo la tuvimos que pilotear para sobrevivir psicológicamente y físicamente. Porque fue toda una aventura, de hecho lo sigue siendo, tristemente.
A: Se batalló. Pero somos quienes somos por eso también que vivimos y que nos curtió un montón.
P: Gracias por coparte en hacernos acordar de todo esto que pasó.




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