Astor Piazzolla. Disrupción y vanguardia
Para mí Astor fue primero un nombre, el de mi hermano. Por años, Astor solo fue mi hermano. Hasta que cumplí 13 y empecé a escribir. La escritura vino acompañada de música, la necesitaba como motor y soporte de mi emocionalidad. A los 13 años todo era intenso y además, mis tíos se estaban yendo a vivir a España. Era el año 2000, acá estaba todo a punto de estallar y mis tíos decidieron tomar un avión, enojados con el país, dejando en claro que se iban sin intenciones de volver. La despedida fue brutal, determinada, sin mirar atrás, imposible de revertir. Esa imposibilidad fue una de las primeras tristezas que recuerdo sentir. Se habían ido, el país era una caldera y yo empezaba a creer que tenían razón. Durante meses, cuando llamaban por teléfono, no quise hablar con ellos. Ahora la enojada era yo.
Pocos años después, mi papá participaba de un programa de radio que se llamaba El mensajero y me invitó, cuando yo tenía 17, a escribir algunas columnas. Hacía pocos meses que había terminado la escuela y me había ido de Mar del Plata a estudiar a La Plata. Todo lo que escribí para el programa tuvo que ver con esa partida: la tarde que se fueron, el drama de las horas previas y la pregunta recurrente: ¿no hubo más por hacer acá? En ese momento descubrí que la escritura podía tomar la forma de un escudo y que lo que podía llegar a herirme se transformaba en otra cosa cuando lo escribía. La escritura se convertía en mi campo de batalla y no quería salir de ahí. O si salía, sabía que lo haría siendo más fuerte.
A Piazzolla lo escuché en serio cuando escribía para la radio. Lo entendí y lo necesité para darle un marco a la partida de mis tíos; a la mía, que era muy reciente; a un país que venía quebrado por el exilio de miles y que estaba armándose de nuevo.
Dije que Astor fue primero un nombre, el de mi hermano. Pero también, y por sobre todo, Astor fue un relato, Astor es mi papá contándome una y mil veces la historia de uno de los mejores compositores del siglo XX, su músico favorito y por herencia, uno de los míos también.
Piazzolla nació en Mar del Plata en 1921 y a los 3 años se fue a vivir a Nueva York con sus padres. Su infancia transcurrió en un barrio violento en donde además, aprendió a defenderse de las burlas que sufría por una malformación en una de sus piernas. En ese momento, Vicente, su padre, que sabía tocar el acordeón, le regaló un bandoneón y ahí empezó su relación con la música.
Gracias a su padre, a los 14 años conoce a Carlos Gardel en Nueva York, quien después lo invita a participar de la película El día que me quieras, momento en el que aprovecha a mostrarle cómo tocaba el bandoneón. Gardel lo invitó entonces a acompañarlo a una gira pero Vicente no lo dejó ir porque era muy chico. En esa gira a la que no fue en 1935, Carlos Gardel y sus músicos fallecieron en un accidente aéreo.
Piazzolla estudió con el compositor argentino Alberto Ginastera y con la pianista francesa Nadia Boulanger, fue ella quien le indicó que su camino, más que la música clásica, tenía que ser el tango y por ahí fue. Pero esa indecisión, me parece, fue la que permitió que Astor creara un nuevo estilo de tango y lo hiciera, aunque fuertemente criticado, evolucionar.
Antes de lanzar su primer álbum de estudio Sinfonía de tango (1955), fue el arreglista y tocó en la orquesta de Aníbal Troilo. Luego, a lo largo de toda su prolífica carrera, editó más de 40 discos, compuso para películas, hizo colaboraciones junto a otros artistas, en especial, con letristas como Horacio Ferrer y Francisco Fiorentino y armó todo tipo de orquestas.
La vanguardia en Astor tuvo que ver con crear un nuevo sonido en el tango, en el que le dio más protagonismo a los instrumentos, algunos típicos del género como el bandoneón, el piano, el violín y el contrabajo y la incorporación de nuevos, como la guitarra eléctrica, la percusión y el vibráfono. Además, como parte de su formación estuvo vinculada a la música clásica y su juventud la vivió en un contexto donde el jazz se volvía popular -mediados de los años ´50-, sumó elementos como el contrapunto, fugas e improvisaciones.
En este camino de absoluta investigación y creación compositiva, que no fue para nada sencillo -porque si hay algo que sucede cuando alguien aparece con nuevas ideas, es la crítica-, Astor se mantuvo aguerrido y contestatario frente a la escena tradicional del tango argentino que lo tildaba de snob.
Piazzolla tuvo dos formaciones muy importantes en su carrera: su Quinteto Nuevo Tango y el Octeto Buenos Aires.
Les comparto la presentación en vivo con el Quinteto, del tema Escualo, uno de mis favoritos por la fuerza de la melodía -Astor componía para todos los instrumentos de su orquesta- y en especial, por el virtuosismo de Fernando Suárez Paz con su violín:
Yo soy muy fan de mirar cómo tocan los músicos, me parece que ver cómo hacen sonar un instrumento, cómo interactúan entre ellos, las gestualidades y las improvisaciones, es algo único que puede hacerte entrar de otra manera a eso que estás oyendo. Por esto también les comparto otra presentación en vivo, de 1977 en París con el Octeto electrónico que, entre sus integrantes tenía a Daniel Piazzola, hijo de Astor, tocando el sintetizador y a Tomás Gubitsch en guitarra, quien tocó en Invisible, la banda de rock progresivo de Luis Alberto Spinetta. En este video van a ver que el sonido se va armando de a poco, instrumento tras instrumento, hasta llegar al bandoneón de Astor, que lo toca con mucha pasión.
El Octeto Buenos Aires fue una fusión de tango rock que duró pocos años en la década del ‘70 y tuvo su momento de auge en Europa. Luego, Astor decidió desarmarlo para volver con su Quinteto. Las versiones por las cuales tomó esta decisión son varias, desde problemas económicos hasta peleas con los integrantes. La cuestión es que volvió con su Quinteto y ahí se quedó.
Siempre que escucho a Piazzolla me pregunto qué es el tango. Creo que es nostalgia, un poco por lo que culturalmente representa en nuestro país y afuera y otro poco por el sonido del bandoneón y el violín. El bandoneón, instrumento de Astor, fue creado en Alemania y adoptado en el Río de La Plata, en donde fue clave para la identidad de la música popular argentina como el tango y el chamamé.
“Al bandoneón hay que tocarlo con todo lo que uno tiene adentro, con todo el peso del cuerpo. No hay que tocarlo -como dicen algunos fanáticos técnicos- abriendo y cerrando. Cerrando, jamás se podrá frasear el bandoneón, no podés hacer nada. Yo diría que ni el 10% de las notas que toco, las toco cerrando. Empleo el cerrando simplemente por una necesidad de respirar con la jaula, pero el 95% de las notas, cuando tengo que cantar una melodía, la tengo que cantar abriendo. De esa manera se goza lo que se toca. Cerrando no se goza, cerrando el bandoneón es cero, es nada”, dijo Astor.
Algunas de las composiciones que más me emocionan de él son: Adiós Nonino (escrita cuando falleció su padre), Invierno Porteño, Oblivion, Escualo, Libertango, Milonga del Ángel, Verano Porteño y Violentango, entre muchísimas más.
Presten atención a los picos de sensaciones que genera cualquiera de sus composiciones: los golpes del contrabajo, el glissando y los agudos del violín y el sonido de la caja del bandoneón, por ejemplo. Por algo Piazzolla dice “cantar una melodía” con su instrumento, porque claro, esa es su voz, una voz que puede ir al ritmo de la respiración o con la variación de dinámicas que se quiera. Y verlo, verlo tocar, no se lo pierdan.
Siempre vuelvo a Piazzolla. Su música significa para mí una apertura a nuevas emociones y la posibilidad de conectarme sin fisuras con mi papá. Ojalá pudieran escuchar de él la historia de Astor, que es inabarcable para mí.
La noche del 4 de julio de 1992, cuando Astor Piazzolla murió, mi papá le escribió un poema:
REQUIEM
Noche perra.
Noche de faroles.
De faroles con crespones.
Negra y fría noche.
Ahora abarco los rincones
de esta ciudad,
la de los buenos aires,
como abarco el fuelle con mis brazos.
Que cada botón de la caja
sea un recuerdo que brote,
que reverbere en los rincones
y abanique el fuego
avivando los rencores de quienes no quisieron
ventearse con mi aire nuevo;
de quienes del viento solo esperan tempestades.
Ahora me libero y me hago viento.
Salgo hecho notas
a veces silenciosas,
a veces fingiendo,
y te doy caricias,
para luego aprisionarte el corazón
y quedarme allí, en tu refugio manso,
sin prisas.
Soy león y soy conejo.
Si me escucharas lo entenderías.
Pero no confíes, ni dudes siquiera,
que ningún tiburón se zafó nunca
de la línea vital que lo sostenía.
Pero que noche perra,
que negra noche.
Para qué esos crespones?
Si no me marché aún.
No trates de ignorarme,
porque soy asfalto,
soy noches sin telón,
soy lluvia que viene de lo alto,
soy pared de cualquier esquina
esperándote a cada paso
con un resueno compadrito y burlón.
Pero que fría noche!
Que oscura y leve noche.
También soy mar
que cruza bravío el horizonte
que va y viene tendiendo puentes
de desesperanzas y deseos
cargando el pentagrama
de alivios y de fugas,
de broncas y contrapuntos,
de misterios y fraseos.
Y cuando la caja de magias
me ruegue su descanso
será ésa vez
la primera y última
que le conceda una gracia.
Y que entonces Dios,
se apiade de mi alma.
Decido cerrar esta crónica acá, dedicándosela a mi hermano Astor, que hace un mes se fue a vivir a Luxemburgo y nos permitió reconfigurar la idea del exilio. Esa que en su momento significó una tragedia familiar, hoy nos encuentra de otra manera, porque esta vez la decisión de la partida no estuvo ligada al enojo, a la frustración o la imposibilidad, sino que tuvo su anclaje en el deseo de ver otras cosas y de crear otros lazos.
Te mando un beso desde acá Astor, ojalá te llegue cada vez que alguien mencione a Piazzolla o escuches algún tango, no importa cuál.





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